Las nueve musas
Tristeza
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 Los hombres de tristeza profunda se delatan cuando son felices: tienen una manera de aferrar la felicidad como si quisieran estrangularla y ahogarla, por celos, – ¡ay, demasiado bien saben que se les escapa!
Friedrich Nietzsche

 A lo largo de nuestra vida, la tristeza se hace presente, quizá para poder darle valor a la felicidad. Sin embargo, ambos conceptos pertenecen a la materia, por lo tanto, son pasajeros, la tristeza tiene su tiempo, su vivencia, su huida y su muerte, de manera semejante a la felicidad, que llega, se desliza en el rostro, hace latir el corazón y en un dos por tres desaparece.

Así tanto la tristeza como la felicidad, son emociones y sentimientos efímeros, necesarios para reflexionar, para crecer, para sentir el cuerpo, para dialogar con los instintos y las sensaciones. Cuando ambas habitan en el ser humano la razón, la sexualidad y la espiritualidad sostienen a la Carne, la guían y la llevan a comprender la experiencia, entonces, bajo su custodia todo viene y de la misma manera se va, incluso en este sentido D/os pareciera que no es necesario.

En contrasentido y a contratiempo, perteneciente más a la Existencia que a la Vida, habita la Acedia, que no pertenece a la Carne sino al Espíritu, a la Razón y a la Sexualidad.  La acedia da sentido a la alegría y viceversa, porque ambas son infinitas y eternas, una vez que llegan, se clavan se intercambian, se visten y desvisten, pero jamás vuelven a separarse, y esto es porque se tornan parte de la existencia.

La acedia fue durante muchos siglos, considerada no sólo como el octavo pecado capital sino como el más grave, en especial porque tener acedia implica renegar de la Voluntad de D/os, es decir, entristecer de una manera espiritual, donde la persona está muerta en vida, lo cual implica un rechazo absoluto a lo dictado por D/os.

Así estos ocho pecados u octonario son: gastrimagia (gula), porneia (fornicación), philargyria (avaricia), lypè (tristeza), orgè (cólera), akédia (acedia), kenodoxia (vanagloria) e hyperèphania (orgullo).

La Acedia, llamada en hebreo Nefesh Met, es decir, quien está muerto del alma y del Espíritu, como lo es Lázaro, es aquella tristeza que carcome las ganas de vivir perdiendo el sentido del ser, y sobre todo aquello que extravía la guía divina. Lázaro como se narra en el evangelio de Juan, capítulo 11 versículo 38 al 54, era un hombre muerto en vida, que resucita cuando escucha a Jesús porque lo retorna a D/os y con ello sus ganas de vivir, de ahí el sentido de la Resurrección.  Mientras desde el sentido griego, este vocablo, cuya raíz viene de a-Kedos indiferencia o despreocupación, toma otros significados, siendo el principal la preocupación por el enterramiento de los muertos. Así lo manejaban los presocráticos.

La acedia vista desde la teología es un fenómeno espiritual, que tuvo un sentido y significado importante en el desarrollo de la Patrística y de la Edad Media, ya que en este periodo la relación con D/os estaba entrelazada a la vida de cada persona, pero con el paso del tiempo se visualizó como bilis negra o melancolía, hasta ser considerada en la posmodernidad como un desorden depresivo alejado de todo sentido espiritual, remarcando con ello, que el alejamiento de lo sagrado ha hecho del ser humano un ente triste quien al no comprender el verdadero sentido del hoy, se pierde en vanaglorias que lo van conduciendo al extravío de sí mismo.

acedia
Evagrio Póntico

Pero este sentido de banalidad y vacío, ya estaba presente en las reflexiones y confrontaciones de los Padres del desierto del siglo III, siendo Evagrio Póntico, un monje neoplatónico y hesicasta de Nitria y Kellia quien en el siglo IV escribió:

El demonio de la acedia, convocado como demonio de mediodía, es el más agotador de todos. Ataca al monje hacia la cuarta hora y asalta su alma hasta la octava hora […] El demonio fuerza al monje a tener los ojos continuamente fijos en las ventanas y saltar fuera de su celda […] Además, le inspira aversión por los lugares en los que se encuentra y por su estado de vida […] El demonio, entonces, le aconseja desear otros lugares porque, como dice la Escritura, Dios puede ser adorado en cualquier parte (Jn. 4, 21) […] El demonio apunta todas sus armas para que el monje abandone la celda y huya del lugar. Este demonio no es seguido inmediatamente por ningún otro, y un estado apacible y un gozo inefable le sobrevienen al alma después de la lucha.

Como se ha mencionado anteriormente, la acedia al ser una tristeza espiritual se entreteje entre el espacio y el tiempo, por ello, su presencia en el interior del ser humano provoca desequilibrio, que va conduciendo a la angustia y a la ansiedad interior, induciendo a que la persona no se sienta a gusto consigo mismo, y que pretenda dejar de ser hasta disolverse, teniendo como primer acto el olvido de D/os. Ante esto, existe una narración que dice:

uno de los apotegmas de los Padres népticos relata que un novicio le dice a su padre espiritual: «Padre, me voy, quiero dejar mi celda. ¿Por qué? –le pregunta–.

Ocurre que ya no rezo, como, bebo, no trabajo ni duermo». Entonces, el padre le responde:

«Duerme, come, bebe, no trabajes, pero permanece en tu celda».

Esta enseñanza significa que, ante la acedia, tener perseverancia fortaleza el espíritu, y lo ayuda a moverse de ese sitio de tristeza y abismo, lo cual daña la vida cotidiana porque al no tener la carne el sostén de su propio ser, este se hunde, siendo esta columna la laetitia, es decir, la alegría espiritual, la cual se agangrena cuando la acedia comienza a carcomer.

Evagrio nombra a este demonio de la acedia como un ser del medio día, porque utiliza como arma central el calor, provocando inestabilidad, angustia, desesperación, sentimiento. Entonces, así como la casa es el reflejo del interior de la persona, la celda se convierte en la guarida de los pensamientos, los cuales bajo la acedia se muestran a imagen del calor, de manera insoportable, provocando en la persona ganas de huir, de esta forma, el calor, el agobio se manifiestan como si fuesen un demonio que provoca ganas de salir corriendo, dando como resultado enfermedad y alejamiento de D/os.

Ante esto, este monje del desierto plantea que para superarlo y vencerlo es importante llorar, trabajar, escuchar, repetir, meditar la Palabra de D/os y sobre todo reflexionar sobre la Muerte y la Resurrección, ya que esta esperanza da alegría en el corazón, porque, qué mayor alegría que retornar al origen divino y su Misterio, a lo que Casiano, asienta agregando que la acedia, es un demonio al cual hay que enfrentar y vencer, porque si se huye, este carcome lentamente acabando con las ganas de hacer, pensar, crear y orar.

La acedia es un demonio distractor del espíritu, dedicado a provocar que la persona se fije cada día más en sí misma, tanto, que incluso llega a perderse en su Yo, dejando no sólo de ver el mundo, al otro y así mismo, sino que deja de contemplar a D/os.

Ante esto los monjes del desierto egipcios y sirios dedicaron grandes tratados para advertir a las personas, –principalmente a quienes tienen una búsqueda constante de D/os–, a tener cuidado de este demonio.

Con el paso del tiempo, San Juan Casiano (apoyándose en los tratados de Evagrio Póntico), y san Gregorio, visualizaron a la acedia como un vicio más que como un demonio. Así, el primero define ocho vicios capitales siendo la acedia el número seis, mientras que san Gregorio los cataloga en siete, y llama a la acedia, Tristeza espiritual.

Para ambos Padres la acedia, tiene su principio, causa y fin en la propia persona, es decir, es el reflejo del propio demonio interior que se resguarda en el corazón del ser humano, y el cual se rebela calladamente contra D/os, tratando de dañarlo al perjudicarse a sí mismo, al llevar a la persona a un tipo de suicidio espiritual que lleva a la Muerte del Espíritu.

San Gregorio analiza detenidamente los pecados capitales, es decir, el vientre de los que surgen los pecados menores, a estos los cambia y los coloca en el siguiente orden: vanagloria, envidia, ira, tristeza, avaricia, gula y lujuria, como se puede observar, elimina la soberbia, trazada por Casiano y elimina la acedia dando más importancia a la envidia. Este padre no considera a la acedia ni como vicio, ni como pecado, simplemente como una tristeza profunda, como una nostalgia relacionada con la ética más que con la moral.

Sin embargo, en el siglo VII con los llamados penitenciales, donde se establecen los pecados y los vicios, vuelve a retomarse la acedia como un pecado, siendo agregado a la lista de vicios capitales, así, san Columbano en De octo vitiis principal libus, la coloca nuevamente como el octavo pecado, atribuyéndole a esto los actos que provocan carencias tanto en el desarrollo físico, como moral, intelectual y espiritual.

tristeza
Rabano Mauro apoyado por Alcuino ofrece una obra a Otgar de Maguncia; Alcuino de York

De ahí que Alcuino en su De virtutibus et vitiis describe a la acedia como una piedra en el sendero hacia D/os, ya que la mente del hombre y de la mujer se pierden ante los deseos de la carne y la materia, la acedia provoca distracciones y hunden a la humanidad en deseos y pasiones que no llevan hacia ningún lado, sino que simplemente hunden.

Cinco siglos después en el XI, san Pedro Damián nombra a los pecados vicios, remarcando el daño que deja la acedia en el trabajo material y espiritual de la persona, en particular porque la acedia induce a un adormecimiento de cada uno de los lenguajes que sostienen al ser humano.

En el siglo XII, la acedia vuelve a tomar importancia, particularmente a través de san Bernardo de Claraval, quien menciona que la acedia irrumpe el dialogo con lo divino, por lo que junto con otros Padres de la Iglesia, recuerda que se debe vivir bajo otium negotiosum, es decir, el descanso sin el ocio. El no hacer nada, conduce a los vicios y provoca un sin sentido en la vida.

David de Habsburgo, cataloga a la acedia en tres niveles:

  1. Amargura del Espíritu: lleva a la angustia, a la desesperación, provoca desconfianza, sospecha, un cierto nivel de paranoia, llevando a la persona al suicidio.
  2. Torpeza del Alma: provoca cansancio, fatiga emocional y física, conduce a la muerte intelectual, también se le llama Pereza.
  3. Fastidio existencial de la vida: inclina a la persona a alejarse de lo sagrado, induce a que la persona se sienta molesta con D/os con todo lo que le brinda.

Santo Tomás de Aquino, explica y se acerca a lo que siglos después estudiaría la medicina, ya que, para él, la acedia no sólo es un estado espiritual, sino un estado de tristeza provocado por la naturaleza, es decir, algo en el trabajo de los órganos falla, provocando este sin sentido, entretejido no sólo al calor sino también a situaciones físicas como el hambre. Mientras tanto, para otro dominico llamado, Guillermo Peraldus, la acedia, (menciona en su Quinto Tratado), es una pereza extrema ligada al aburrimiento de la propia voluntad, y resalta que ningún otro ser vivo tiene una fatiga de D/os, la cual provoca tibieza ante la vida y la existencia, ante esto Peraldus dice, que el ser humano debe de ser frío o caliente, pero nunca tibio, porque quien lo sea será vomitado por D/os.

Así en su libro tercero dejo escrito:

el acedioso es aquel que nunca hace nada, ni bueno ni malo, y por eso es un tibio, porque permanece en una posición indefinida. Este tipo de personas son llamados «sauces», árboles infructuosos que, además, circundan al demonio proporcionándole sombra

Para este teólogo la acedia es la madre de la pobreza, y de los vicios capitales, ya que, al estar en un punto tibio, se tiene fatiga, cansancio, y hambre de todo, surgiendo con ello, ira, avaricia, lujuria, envidia, etcétera. Sin embargo, esta pobreza generalmente es causada por la acedia de los ricos, quienes al malgastar su tiempo en el ocio condenan al otro a la miseria. Ante esto, a partir de la Patrística, la acedia es vista desde la moral, al quebrantar el comportamiento de la comunidad, de la familia y de la sociedad.

Bernand de Forthomme, explica que la acedia es un acto del demonio que ha aprendido el lenguaje de los hombres utilizando el pensamiento para llegar a ellos.

La acedia adquiere fortaleza al quedarse callada y resguardada en el interior, lo cual induce a que esta se alimente de cada uno de los lenguajes del ser humano, eliminando los caminos y las ganas de vida y de existencia, por ello, los Padres del Desierto, piden exorcizarse de este demonio a través de la Palabra, de comunicarlo, así la Escucha y el Silencio del otro sanará al enfermo de este mal. Es decir, la acedia al escucharse comienza a desaparecer. Y en este momento la Laetitia comienza a darle sentido a la existencia, la alegría de vivir, renueva la construcción del camino.

Es de recordar, que en el tratado de los ochos caminos, la acedia se considera una derrota del alma, la cual, al comprender que existen cosas que no se pueden cambiar o solucionar, entra en un estado de desesperación extrema, develándose poco a poco en ira, colera, venganza, y ésta en un tipo de tristeza no emocional sino en una tristeza relacionada con la Voluntad de D/os, siendo esto la raíz del odio.

Ante esto, como ya se mencionó, Evagrio, resalta que la forma apropiada para acabar con este mal, es el trabajo, que si bien, no retorna la paz interior a la persona, si lo desenfoca del ocio y de la falsa necesidad de pensar en uno mismo, sin embargo, Casiano, al considerar a la acedia sólo como un acto de pereza le elimina la profundidad espiritual y ética, y la coloca en un lugar moral, a causa de su seguimiento a la doctrina paulina-agustiniana. Es decir, Casiano, es uno de los causantes de que las enseñanzas de los Padres del Desierto desaparecieran, ya que su influencia paulina se convirtió en el fundamento de la predicación de san Gregorio Magno, san Columbano y de san Benito, quien en su doctrina sólo la considera como flojera.

Sin embargo, en el siglo XIII bajo la influencia de la Escolástica, la acedia no sólo es considerada como flojera, sino como su contrario, es decir, el trabajo excesivo, el cual menciona Santo Tomás, provoca que la mente no descanse distrayendo al espíritu de la Santificación, causando Tristeza Espiritual, porque el trabajo excesivo aleja al ser humano de sí mismo y por ende de D/os, siendo este pensamiento distorsionado lo que continúa hasta hoy en día.

Por ejemplo, a mediados del siglo, en particular con las grandes dos guerras, la acedia fue ocupada para revalorar el trabajo y el valor de las personas, ya que estos conceptos se transformaron en frases como las siguientes:

Cada acto tiene una plenitud de significado, incluso el crimen; por el contrario, toda pasividad es insignificante. (Hitler)

Mientras que Stalin, dejó dicho en 1931 en uno de sus discursos que se debe retribuir al trabajador no de acuerdo a sus necesidades, sino por el trabajo realizado.

pecado capital
Marie-Dominique Chenu

Con esto, el trabajo deja de ser el medio de ganarse la vida, para convertirse en la esencia del hombre y en su naturaleza transformada, cimentándose esta idea en las nuevas teologías surgidas a partir del Vaticano II, en especial la del dominico francés, Marie-Dominique Chenu, quien provocó la creación de la llamada Teología del trabajo, en donde se enaltece que:

el trabajo es donde D/os se manifiesta y adquiere mayor sentido su voluntad, lo cual se une con lo dicho por el judaísmo, en donde se enaltece que el séptimo día D/os descansa porque ahora el Hombre es quein realiza el trabajo, mientras que el islam deja escrito que D/os creó en seis días y el Séptimo también trabajo.

Esto nos lleva a comprender, por qué la acedia hoy es considerada como todo acto que lleva a cabo un trabajo, convirtiéndose en pecado, porque no trabajar elimina la productividad de toda una comunidad, así la acedia de ser un estado de Tristeza Espiritual que conducía al ser humano a no pensar en D/os sino sólo en sí mismo, se convirtió en un acto de no producción para el Estado. A partir de aquí, D/os toma mayor significado a través del trabajo humano. Por lo que la lucha contra el pecado de la acedia consiste en encontrar un equilibrio.

Así se relata una historia sobre san Antonio Abad quien, dedicado a trabajar duro, reflexionó sobre el tiempo que no disponía para orar, ante esto, D/os le envío un ángel quien le mostró que a lo largo del día se deben de tener momentos de oración que fortalecen el trabajo. Este equilibrio, el cual rechaza por completo la llamada siesta es mostrado, y toma sentido en las cinco oraciones que realizan los musulmanes a lo largo del día, aunado a la andreia y la hypomené, es decir, la valentía y la paciencia, las cuales deben de dar un discernimiento claro de hasta qué punto la acedia se vuelve tristeza o exceso de trabajo, ya que ambas en sus extremos llevan hacia el mismo abismo y vacío donde el yo se sobrepone a la Voluntad del yo, y deja de escuchar el Silencio del Misterio divino.

Por otra parte, la cuestión del trabajo en relación con la acedia tiene su reflejo en la visualización con la mujer desde dos perspectivas diferentes: para los Padres del Desierto, la mujer obliga al hombre a trabajar sacándolo de su reflexión y tiempo personal, mientras que para la Teología del Trabajo la mujer es el motivo por el cual el hombre debe de trabajar para construir un mundo a partir de la familia, sin embargo, más allá del punto desde donde se analice, ambas hacen que el varón deje de buscar acercarse a D/os para aproximarse a la mujer, mientras que la mujer deja de acercarse a D/os al estar pendiente del varón, tanto para cuidarlo como para someterlo.

Entonces, al situar a la acedia desde la contemporaneidad percibimos que la acedia posmoderna es el exceso de trabajo, donde la persona ya no desea encontrase con D/os, ni con el otro, ni construir una familia, sino simplemente busca satisfacer sus anhelos de éxito sin importar lo demás, aunado a que este reconocimiento y éxito pretende encontrarse sin un esfuerzo intelectual, físico, cultural y social, así la acedia posmoderna se visualiza en un estado extremo del yo basado en la superficialidad, es decir, la Acedia Espiritual considerada por los Padres del Desierto en esta época no puede ser posible, porque la espiritualidad va perdiendo su misterio, en cambio la acedia surgida a partir de la Escolástica y reescrita por la Teología del Vaticano II, se retoma porque la falta de equilibrio entre la tristeza, el ocio y el trabajo forman parte de este renovado Pecado Capital.

Aunado a ello, la forma antigua de oración para eliminar la acedia del interior, fue restituida por el día festivo, el cual otorga la paz que antes daba la oración, es el tiempo obligado por la propia historia, por ello, la persona descansa, porque comprende este ocio como parte de su obligación social, que aligera su caminar sin sentirse culpable por el tiempo que dedica a una nada que irónicamente no es nada, porque está lo llevaría a retomarse a si mismo, sino más bien a un abismo lleno de distracciones de su propio ser, esto es nombrado por Schopenhauer como El aburrimiento propio del día domingo, retomado por Jacques Prévert, para quien la incapacidad del hombre de reposar, le provoca la melancolía del domingo, es decir, este no descubre, como el medieval, el alivio en la celebración. Este vacío que se produce debe ser llenado como parte de la naturaleza religiosa del hombre, por lo que brotan festivales laicos en los que una película o un encuentro deportivo se observan con una actitud de piedad más profunda que la contemplada ante un altar.

En conclusión, la Acedia demuestra que el Pecado de la Vida sin equilibrio, es decir, sin D/os, cae de un extremo hacia otro colocando a la persona de mala manera como centro del mundo, provocando con ello fundamentalismos, donde los demás son sólo herramientas para que él o ella consigan lo que anhelan llegando sólo a ser felices, pero nunca alegres. Recordando que la felicidad no tiene más principio ni fin que ese instante en el cual surge y  desaparece, porque la felicidad se va en el mismo momento en el que llega, a diferencia de la llamada Laetitia o Alegría la cual permanece porque se construye y se entrelaza no sólo con los siete lenguajes (corporal, emocional-sentimental, instintivo, sensorial, racional-intelectual, sexual y espiritual®) sino con la Palabra, la Escucha y el Silencio® del Misterio de D/os, Hashem, Allah…

Bibliografía.

  • aa., dichos de los Padres del Desierto, Trad./ Elizalde, Martín de, Paulinas, Buenos Aires, 1986
  • Evagrio Pontico, Traité Practique, Cerf, París, 1971, nº 12, p. 521-527.
  • Cfr. Nault, J.-C., «L’héritage monastique et patristique du thème de l´acédie chez les premiers Chartreux», en Nabert, N. N., Tristesse, acédie et médecine des âmes dans la tradition monastique et cartusienne: Anthologie de textes rares et inédits, XIIIe-XXe siècle, Beauchesnes, París, 2005, (pp. 37-59), p. 41.
  • Enzel, S., «Acedia 700-1200», en Traditio 22, 1966 (pp. 73-102.
  • Columbano, Santo, De octo vitiis principalibus, en PL, v. 80, 259-260.
  • Davis de HabsBurgo, Formula novitiorum. De interioris hominis reformatione, en BIgne, M. (Ed.), Sacra biblioteca sanctorum Patrum, apud Michalelem Sonnium, París, 1576, t. XXV, p. 89.
  • Tomás de Aquino, Summa Theologiae II-II, 35, 3.
  • Schopenhauer Arthur, El mundo como voluntad y representación, 1 (El libro de bolsillo - Bibliotecas de autor - Biblioteca Schopenhauer) . Trotta 2023, Clásicos de la cultura.

 

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Martha Leticia Martínez de León

Martha Leticia Martínez de León

Hermeneuta en Libros Sagrados y Lenguas Antiguas.

Maestra en Ciencias Bíblicas y Hebreo Antiguo. Maestrante en Estudios Judaicos por la Universidad Hebraica. Licenciada en Ciencias Religiosas por la Universidad Pontificia de México. Especialidad en islam por la Universidad de Al Azhar de El Cairo, Egipto.

Especialidad en el Pensamiento del Papa Francisco y el Libro del Apocalipsis por el Boston College.

Especialidad en Música Contemporánea (Piano-guitarra).

Generación XXXII de la Sociedad de Escritores Mexicanos (SOGEM).

Ha publicado treinta y siete libros en México, España, Estados Unidos e Italia en diversos géneros literarios y teológicos.

Conferencista a nivel internacional.

Creó y desarrolla la teología del Silencio y de la Carne la cual entrelaza con la investigación mística, científica y musical bajo el nombre de “Lectura gemátrica, pitagórica y cuántica del Séfer Bereshit 1-3 -Hashem se revela a través del Big Bang-

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