Las nueve musas
Contra la experiencia
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No se puede ir contra la experiencia, sí contra algunas de sus consecuencias. Decía Salinas a propósito de Gabriel Miró que sus paisajes son experiencias, lo que equivaldría a decir que la palabra es algo que le ha pasado, ese trasladarnos al pasado es un hecho fundamental.

El pasado como el olvido no se pueden recorrer, su puerta queda entreabierta, aunque nadie impunemente entra ahí, sería como una violación, un robo.

Si el poeta es un ladrón, hipótesis que quizá sea muy rentable, probablemente sería aquel que, entra en cercado ajeno y nos trae el tesoro que creyó encontrar. Un tesoro que sin duda ya es suyo, pues ha elegido aquello que ha visto, y la realidad, como todo el mundo sabe, por naturaleza es invisible.

¡Bienaventurados los poetas que nos hacen pensar! Porque no solo de sonidos vive el hombre, sino de palabras que como piedras caen al fondo y hacen saltar las ranas del estanque, cuyo croar nos despierta de ese sueño que creíamos estar soñando.

El sueño no es la apariencia, ni lo contrario de estar despierto, el sueño es tener las ventanas cerradas y los ojos abiertos, y creer que vemos lo que no se ve. El sueño, dicho así, podría ser una experiencia, la experiencia de una vida que creemos estar viviendo.

Una ventana cerrada no deja pasar la luz, y, si lo hace, vemos la multitud de motas que, suspendidas en el aire, le dan una consistencia equivalente a la profundidad, lo que probablemente tenga que ver con la densidad del paisaje en los óleos. También por una ventana cerrada podemos tener acceso a la calle, a veces vemos en el techo, su imagen, tal como en la caverna platónica debemos ver los objetos, lo que nos recuerda que, somos sombras, que vemos sombras.

Voy a leer un poema de Gamoneda, corresponde a su libro Arden las pérdidas, 1993-2003y 2004. He de hacer una declaración de principios: sin admiración, no hay mundo, y sin mundo no hay palabra.

Por supuesto, parto de que Gamoneda es un gran poeta, no entro en tamaños, solo en profundidad:

En los desvanes habitados por palomas cuyas alas tiemblan entre tinieblas y cristales
veo la pureza de rostros que se forman en la lluvia y
lágrimas sobre úlceras amarillas.
Son los desvanes de la infancia. Estoy
atravesando olvido.

¿Qué se espera de este poema? Parece el fragmento de un fragmento. Considero que el fragmento se corresponde con la dimensión humana. ¿Qué hacen aquí las palomas? ¿A qué rostros se refiere? Nosotros, gente del Sur, que no hemos convivido con la lluvia, no podremos hablar de esos rostros ni de esas úlceras amarillas. Y, sin embargo, todo el significado se condensa en ese final encabalgado: Estoy/ atravesando olvido.

También esto es una experiencia, el poeta dice que es un explorador del olvido, pues reconoce el territorio que atraviesa. Ahora sabemos que, ese olvido o recuerdo, comprende palomas, rostros y úlceras, bajo lluvia o lágrimas, piezas que encontramos en los desvanes de la infancia.

Una infancia de palomas sin libertad, de palomas traicionadas, nos lleva a su biografía, y desemboca en las tinieblas de la posguerra. Suponiendo que este pueda ser un punto de partida, ahora la interpretación comienza a ser más clara.

Muchos de los poemas urbanos de hoy son hermosos, pero son textos que podemos adivinar desde la calle, pasamos y olvidamos, son poemas de turista que no sabe, si ve o es visto. El turista parte de que el mundo está ahí, al otro lado de la cámara.   El poeta tiene también su cámara, así llamaban a los desvanes en Lorca (Murcia), pero su mundo no sabe muy bien dónde está, porque no está resuelto, por eso no tropieza, sino que se abisma.

Creo que hay poesía para todos, cuando no es el sentido es el sonido, cuando no la metáfora, el concepto, pero lo cierto es que la voz del poeta transforma, da esa profundidad primera con la que el oyente disfruta, pues comparte con el poeta la aparición de algo hermoso, que extraña, aunque también sea triste.

A menudo, he oído decir que se escribe para que se entienda, se trata de la cortesía del filósofo. Pero el poeta no necesariamente tiene que escribir para eso, si así lo hace, puede que esté equivocándose de género, podría decirlo de modo más claro y completo en un ensayo. El poeta quiere dar cuenta de algo que ha intuido, una palabra, una frase o un verso, puede que un color, la rama de un árbol, pequeñas cosas, que están pidiendo ser dichas, pasar a palabras, pasar a ser objetos de este mundo.

Esto que voy a decir ahora es condición universal, las imágenes que se presentan en un cuadro, en un poema, en todo aquello a lo que llamamos arte, han sido liberadas del uso, están ahí desprendidas de su función, son así puras. Es curioso que lo esencial se nos muestre en lo aparente.

De ahí la caja y su contenido. Imaginemos que la voz del mercado hubiese querido contarnos este cuento:

Hace muchos, muchos años, antes de que existieran las ciudades, cuando todo era campo y las chicas vestían con largas faldas y los chicos aún no habían aprendido a fumar, vino a poner su tienda bajo este pino un comerciante que había llegado del lejano Oriente, vendía de todo, pero lo que más apreciaron los compradores fueron las cajas en las que envolvía sus mercancías, no importaba qué cosa fuera, lo colocaba en su caja, pues sabía perfectamente la que correspondía a cada objeto, tal admiración provocaban los envoltorios  que todos compraban, llegó un momento en que se le agotaron los productos, pero aún tenía cajas, muchas cajas y, para su sorpresa, los compradores se las solicitaban, y vendió y vendió… Se hizo tan rico que ordenó hacer grandes almacenes y así nacieron las ciudades y, todo lo que no era necesario, se convirtió en mercancía.

Este cuento, que no tiene una finalidad moral, solo aproxima un hecho que todos conocemos. No me sorprendería que las tiendas de los museos fueran más visitadas que los propios museos, allí es donde uno decide qué le gustaría llevar a su casa, los expertos en ese mercado sí saben por donde camina el arte. Supongo que se trata de una tendencia del consumo: confundir la experiencia con el “souvenir”.

Definitivamente, el escritor no tiene otra experiencia que la palabra, Jorge Guillén lo formuló así: la forma se me vuelve salvavidas. Algo semejante decía Miguel Espinosa cuando se refería a los dieciocho años que había empleado en componer su Escuela de Mandarines.

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JOSÉ LUIS MARTÍNEZ VALERO

José Luis Martínez Valero

José Luis Martínez Valero. Águilas, 1941

Catedrático de Enseñanza Media de Lengua y Literatura Españolas.

Ha publicado: Poesía (1982), La puerta falsa (2002), La espalda del fotógrafo (2003), Tres actores y un escenario (2006), Tres monólogos (2007) Plaza de Belluga (2009) El escritor y su paisaje (2009) Libro abierto (2010), Merced 22 (2013), Daniel en Auderghem (2015), Puerto de Sombra (2017), Sintaxis (2019), Otoño en Babel (2022).

Ha coordinado el ciclo de Poesía en el Archivo (2007, 2008 y 2009).

Guionista en los documentales: Miguel Espinosa y Jorge Guillén en Murcia.
Aguafuertista e ilustrador.

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