Las nueve musas
Jesús Cánovas

Contra la conspiración de las especies dañinas

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Jesús Cánovas Martínez ha publicado una nueva novela: “Toda mi vida matando tontos y ahora voy y me convierto en un conspiranoico y otros relatos del encierro”.

El título recoge el de uno de los relatos que componen la obra, cuyo contexto imaginario y real es el tiempo de pandemia y de mal llamado confinamiento que impuso el Gobierno de la ínsula llamada España.

El volumen, de 175 páginas, lo ha editado con primor Círculo Rojo, editorial de Almería, en enero de 2024. Es importante, para este lector, el buen cuidado editorial del libro físico, pues gran parte del placer de leer estriba en los goces sensoriales que puede proporcionar una obra. El formato flexible, a la vez que resistente, de la edición, el color crema del fondo de las páginas, la letra apta para una lectura cómoda, son detalles que se agradecen.

Cuando pienso que hay revistas y periódicos (el suplemento dominical de El País, el diario El mundo), e incluso libros, que desprecian a los lectores y ponen a prueba su vista con una letra tan pequeña y un diseño gráfico ostentoso que ahuyenta aún más de la letra, me digo que la crisis de la lectura es poca en España. No, no voy a entrar en otras consideraciones sobre este asunto, para no parecerme a uno de estos personajes avisados, yo no diría conspiranoicos, del libro del que os voy a hablar.

Catorce relatos, como el número de versos de un soneto, tiene esta novela de Jesús Cánovas, que no en vano es un gran poeta, además de prosista y narrador cada vez más aquilatado. Por referirme solo a su obra narrativa anterior a esta nueva novela, os aconsejo que os hagáis con las tres “tandas” de AIRES DEL SUR (TERCERA TANDA) , trilogía de relatos publicada entre 2017 y 2018; así como con la novela humorística “El Baboso (SIN COLECCION) ”, que salió en 2022. En esta obra y en las colecciones de relatos publicados con el titulo Aires del Sur, se encuentra lo más granado de este narrador socarrón, ameno, cervantino y quevedesco, desinhibido y sorprendente siempre. Si ahí en esas obras encuentro que predomina más un humor descubierto, casi diría rabelesiano, pese al tinte a veces negro y crítico; en esta nueva novela, el humor, que lo hay, se vuelve algo sombrío. Quizá se deba al contexto en que se desarrollan los relatos, el encierro pandémico, que imprime a cualquier brote de humor una pátina angustiosa. También encuentro otra diferencia: en aquellas obras narrativas anteriores del autor, aunque hubiera voces diferentes, había un mismo (o daba la impresión de haberlo) narrador detrás de ellas; un narrador en el fondo bonachón, cascarrabias, inteligente hasta el punto de permitirse la autoironía y la patada al aire cuando así le petaba. El gozo de narrar era tan evidente que el lector de esas obras quedaba abducido nada más iniciar la lectura.

Jesús Cánovas no ha perdido frescura ni capacidad de hacer gozar al lector con su narrativa en esta nueva obra. Simplemente ha ensayado otra vía en su exploración de la narrativa. Tiene cada una de las catorce narraciones del libro “Toda mi vida matando tontos…” una voz narradora particular, que casi siempre es la del protagonista del relato; la finalidad del escritor es ofrecernos una especie de retrato colectivo de un grupo de personajes.

Son personajes afectados por la neurosis del encierro pandémico, que acentúa sus ya críticas psicologías; tipos bordes en unos casos (tipos bordes en sentido murciano) pero siempre frágiles, humanos, demasiado humanos, tan de carne y hueso que podemos reconocerlos en un vecino de escalera, o en nosotros mismos.

La mayoría de los protagonistas son ancianos, aunque en algunos relatos aparecen jóvenes o ya maduricos (al menos, de generaciones más jóvenes que aquellos “ochenteros” social y familiarmente marginados; el eufemismo irónico de “ochenteros” usado por uno de estos octogenarios encierra una ironía de tercer grado…). Los jóvenes sufren tanto o más la angustia que les desencadena reacciones límite. Son vidas solitarias, o parejas solitarias, atrapadas en el no land y no time de la cápsula espacial pandémica (perdonen los barbarismos).

“El amo del serrallo”, “Terror”, “Indignado” son tres relatos que expresan magistralmente los puntos de vista de los jóvenes y los maduros. “Los perros sueltos”, “El viejo conspiranoico de la calle La Trifulca” y, sobre todo, uno de los mejores relatos de todo el conjunto, “Residencial La Antesala”, desarrollan la mirada angustiosa del anciano o de la anciana. Este relato en especial tiene un punto de dramatismo, a la vez que de realismo social o testimonial (delata, en el fondo, el horror vivido por la tercera edad en las residencias de ancianos desgobernadas por el Gobierno de la nación que dijo hacerse cargo de ellas; muchos ancianos murieron sin un botellín de auxilio, del entonces vicepresidente, Pablo Iglesias Turrión). Este relato tiene un final de cuento de terror, que anuncia la presencia del terror en otros de los más logrados textos de la novela. Así en “Se estrecha el círculo”, donde otro elemento se suma al terror: lo distópico, en versión apocalíptica. Es una narración condensada en unas pocas páginas, de una intensidad que evoca a Poe.

Lo distópico junto con lo utópico (paradójica mezcla, que en el relato se resuelve de manera natural, componiendo un tercer medio que sería la sucesión natural de las cosas humanas, el ciclo de destrucción y construcción, de terror y esperanza) se dan en “Novo ordo”, para este lector el relato más atípico y excelente de los que componen esta novela en partes.

La visión distópica nos lleva a una humanidad que ha sufrido la destrucción apocalíptica no a causa de una plaga enviada por un dios, como anunciaban antaño las religiones; sino por otro tipo de plaga ocasionada por la propia insania del poder de las élites mundiales. Pero, algunos grupos de personas han huido y encontrado protección y refugio en valles ocultos. Y como en el mito del Prometeo, en el diálogo de Platón Protágoras, ante el peligro de desaparecer una humanidad reducida a un mínimo de ejemplares, surge la ayuda de los dioses en forma de educación y del personaje Nuño, de Valladolid, que enseña a todos cada una de las artes y ciencias necesarias para la civilización. El relato a partir de ahí es una narración casi utópica. Pero, en el fondo, expresa ese ritmo natural, psicológico, propio del individuo como de la cultura: luchar por sobrevivir, y una vez conseguido un mínimo, aspirar a una vida excelente, ordenada, libre y justa.

Sobre el género literario del libro, lo podemos llamar novela en partes (en varios relatos) o colección de relatos que (como dice su autor en el prologuillo, refiriéndose a las opiniones de los personajes), forman como “teselas de un mosaico, imprescindibles todas ellas para que este adquiera sentido”.

El humor está servido, brilla no solo en las situaciones sino en el plano de la expresión lingüística. Sobre este componente de la obra deberíamos extendernos mucho más. Destacar el uso del español coloquial, en su variante de uso murciano, pues la mayoría de los relatos presentan personajes localizados en una clase media urbana y del Sur levantino. (Trabajadores, empleados de taller, sin una exquisita Bildung, a veces profesores o maestras jubilados o jubiladas, poetas de media Musa, algunos, deliciosos malos que vienen de El baboso o de relatos anteriores de las “tandas” de Aires del Sur, allá entre Águilas, Lorca, Cartagena, Mar Menor, Murcia y su vega, Almería, hasta las tierras del norte murciano próximas a Albacete).

Por deformación y delicia he ido anotando algunos términos del léxico empleado por el autor (no incluyo las expresiones que son lo verdaderamente literario y el meollo de la riqueza estilística de la para mí novela “Toda mi vida matando tontos…” (pese a los ídem que no quieran verlo):

Jesús Cánovas Martínez. Léxico murciano empleado en la obra comentada:

picoesquina, marro (“dar marro”), maneta, mandao, pazguata, “se tiende lo largo que es”, muermerío, baladro, rebordesío, quede (ir de quede, quedarse con alguien, en sentido de bromear o engañar), rácana.

Junto a estos vocablos y expresiones de uso local, que sirven para caracterizar bien a los personajes y hacer el relato vivo y literario, el autor emplea neologismos como noviear (no lo encuentro en el diccionario de la RAE; “noviamos a la vez” —p.97. “Se estrecha el círculo”—, dice el autor en referencia a dos amigos de juventud), plandemia.

Y palabras no usadas corrientemente como gollizno, y otras provenientes del vocabulario científico, como permacultura.

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Fulgencio Martínez

Fulgencio Martínez

FULGENCIO MARTÍNEZ LÓPEZ nació en Murcia; es editor y director de la revista Ágora-papeles de Arte Gramático.

Profesor de filosofía, poeta, ensayista y autor de relatos. Ha publicado, entre otros, los poemarios La segunda persona (Sapere aude, Oviedo, 2021), Línea de cumbres (Madrid, ed. Adarve, 2019), Cancionero y rimas burlescas (Renacimiento Sevilla, 2014), León busca gacela (Renacimiento, Sevilla, 2009), El año de la lentitud (Huerga y Fierro editores, Madrid, 2013).

Ha publicado la antología La escritura plural, 33 poetas entre la dispersión y la continuidad de una cultura, con textos en cinco lenguas españolas: vasco, catalán, gallego, español y sefardí. (Prólogo de Luis Alberto de Cuenca. Ars poética, Oviedo).

Es autor de un ensayo sobre la filosofía de Antonio Machado, publicado en la revista Symposium de la Universidad Católica de Pernambuco (Recife, Brasil). Y del libro de relatos El taxidermista y otros del estilo (Diego Marín, ed. Murcia).

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