Las nueve musas
Abderramán III

ABDERRAMÁN III: los vascos nacen donde quieren

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Abd al-Rahmán ibn Muhámmad (Córdoba 891 – Madina Azahara 961), más conocido como Abderramán III, se convirtió en una de las personas más poderosas del siglo X en el mundo occidental.

Accediendo al trono con tan solo 21 años, como Emir de la dinastía Omeya en Al-Ándalus, logró pacificar y unificar un territorio que extendió hasta cubrir casi por completo la península ibérica. Durante su mandato, elevó Al-Ándalus a la categoría de gran potencia mediterránea, viviéndose un esplendor económico y cultural sin precedentes. También estableció una estrategia para el norte de África, en pugna con dinastías rivales, lo que derivó en la ruptura con el califato de Bagdad, y en su autoproclamación como califa, adquiriendo también de esta forma, la máxima autoridad religiosa.

Abderramán III fue sin duda uno de los grandes dirigentes de la Edad Media, ya que fue capaz de conducir al dividido emirato cordobés hacia el esplendor califal. Un referente musulmán, en pugna con los reinos cristianos, cuyo sorprendente origen lo lleva hasta el norte de la península. De sus 4 abuelos, 3 eran vascones… sin duda, los vascos nacen donde quieren.

Muzna
Muzna

Abderramán —en árabe, «siervo del Misericordioso»—, era nieto de Abdalá I, séptimo emir independiente de Córdoba, descendiente de los omeyas, antiguos regentes del Califato de Damasco (661-750), cuyo poder se había restablecido en la península ibérica. Era hijo de una concubina cristiana, Muzna o Muzayna, de origen vascón, y siendo su abuela paterna, Onneca, hija del caudillo pamplonés Fortun Garcés, también vascona, su origen era solo en cuarta parte árabe. Por ello y según diversas crónicas, Abderramán tendría ojos azules, piel blanca y barba rubia-rojiza, por lo que solía teñirla además de oscurecer su piel, con ánimo de parecer más árabe.

Su infancia estuvo marcada por la violencia y las intrigas de palacio. Contando con tan sólo 20 días, su padre fue asesinado a manos del hermano de éste, y según se relata, por orden del propio emir, que si bien lo había designado como heredero, sospechando que conspiraba contra él, habría ordenado su muerte. Tras el asesinato, su abuelo, Abd Allah lo protegió especialmente, llegando a realizar diversos actos simbólicos que apuntaban a que él sería su sucesor. En cualquier caso, la primera infancia de Abderramán III debió de transcurrir en el harén del emir, conviviendo con su madre y sus tíos menores de edad, así como con un buen número de sirvientes. En todo caso, llevó una juventud silenciosa y entregada a los estudios, demostrando ser inteligente, además de tener carácter y gusto por las tareas de Estado.

Se le describe como culto, inteligente, liberal y generoso, destacándose su sagacidad y diplomacia, su firmeza y sus conocimientos. Además, se le consideraba un excelente poeta y un orador elocuente. Por el contrario, también se le representa como apasionado por el lujo y tendiente a los vicios, en especial la bebida, sin ocultar los diversos episodios de crueldad que protagonizó. En cuanto al protocolo, si bien resultaba muy puntilloso, pues lo percibía como esencial para la majestad de su cargo de califa, resultaba llano en el trato cotidiano. Y a nivel religioso, era poco devoto, nada fanático, siendo el omeya cordobés más tolerante de todos los que ocuparon el cargo califal, lo que permitió que algunos cristianos y judíos desempeñasen destacados papeles durante su reinado. Ambas comunidades prosperaron y le fueron fieles en general.

Sus principales esposas fueron tres, Fátima, hija de un tío abuelo, la primera y única libre de entre sus cónyuges, con la que se casó al ser proclamado emir. Maryan después, esclava de origen cristiano y madre del sucesor al trono Alhaken II, y Mustad, su última favorita una vez fallecidas las dos primeras.

Abderramán tuvo en total dieciocho o diecinueve hijos varones, de los cuales sólo once llegaron a adultos, y dieciséis hijas. De los varones, uno había sido ejecutado por orden suya, bajo acusación de conspiración, solo le sobrevivieron cinco, heredando al-Hákam el trono como Alhakén II. Entre sus hijas por lo menos le sobrevivió Hind, que recibió el sobrenombre de Ayuz al-Mulk «La Anciana del Reino», por su extraordinaria longevidad, pues murió cuarenta y nueve años después de hacerlo su padre.

Para evitar las conspiraciones, no permitió que los hijos varones, a excepción del heredero y del benjamín, residiesen en el alcázar real pasada la infancia. Al crecer, eran enviados a lujosas residencias y se les concedía una asignación para que pudieran vivir holgadamente, pero sin concederles cargos de poder.

Alhakén, que aparece ya a los cuatro años designado como heredero, quedaba en el Alcázar en representación de su padre cada vez que este salía de campaña en los primeros años de reinado, para empezar a acompañarlo en sus expediciones militares posteriormente. Poco a poco fue preparando al joven, otorgándole cargos y responsabilidades, para el puesto al que estaba destinado. Una dura disciplina, reflejada en las cuatro décadas que lo obligó a vivir encerrado en el Alcázar y lo mantuvo alejado del trato con mujeres, probablemente por temor a que tuviera relación con muchachas ambiciosas y se formase una camarilla para destronarlo. Este hecho conllevó problemas políticos más tarde, ya que Alhakén tuvo descendencia a edad tardía, y su heredero ascendió al trono siendo aún un niño.

Abderramán accedió al trono el año 912, a la edad de 21 años, relevando a su abuelo Abd Allah en el cargo. A pesar de los temores, pues no era normal que el puesto no recayese en alguno de los hijos del difunto, la sucesión se produjo sin problemas. Es muy probable, que en la designación, las intrigas palaciegas jugasen un papel importante, y que algunos de sus tíos, que en principio habían aceptado la decisión sin reservas, no viesen con buenos ojos el nombramiento, ya que conspiraron años después para derrocarlo.

El nuevo dirigente heredaba un emirato al borde de la disolución, con un poder que no iba mucho más allá de los arrabales de Córdoba. Los conflictos políticos y sociales, así como las disputas entre los diversos grupos culturales minaban la unidad del emirato y la autoridad de su regente. La administración, menguada, resultaba ineficaz, y el ejército, era apenas una banda armada incapaz de controlar el territorio. Abderramán se propuso desde el primer momento recuperar el prestigio y la autoridad perdida por sus antecesores.

En estas condiciones, y sin olvidar la desorganización interna, Abderramán se encuentra con 4 frentes principales abiertos:

  • Contra Umar Ibn Hafsún, que había organizado y lideraba una rebelión contra el emirato de Córdoba, así como contra la coalición de muladíes y mozárabes que le seguían.
  • Contra los líderes territoriales que se desvinculan de la soberanía ejercida por el emir de Córdoba
  • Contra los reinos cristianos del Norte, que continuaban la reconquista y dominaban ya la frontera del Duero.
  • Contra los fatimíes del norte de África, que apenas 3 años antes (909) habían proclamado un califato independiente, que no sólo hacía peligrar la posición y rutas comerciales de los Omeya en África, sino también la estabilidad, en la propia al-Andalus, al ser susceptible de atraer la lealtad de los muchos musulmanes molestos bajo su yugo, como así fue. Las tensiones y conflictos, más o menos encauzados durante los reinados anteriores, estallaban dando lugar a graves rebeliones.

El primer paso para recuperar el poder político en Al-Ándalus era someter y controlar las regiones que se habían convertido en cuasi independientes, principalmente las marcas (la frontera Inferior, con Mérida como capital, la Media con Toledo, especialmente problemática por su continua lucha contra el emirato, y la Superior, en manos de los Banu Qasi, prácticamente desvinculada), y aplastar la larga rebelión. Así que el nuevo Emir puso en marcha casi inmediatamente una enérgica política de campañas militares y perdón a aquellos que se doblegaban sin resistencia.

Podemos indicar que el origen de estos conflictos internos se basa en que a su entrada en la península, los árabes mantuvieron sus estructuras tribales y, en consecuencia, las diferencias entre grupos y clanes, lo cual, contribuía a provocar tensiones. De hecho, serán muladíes y bereberes, como musulmanes de “segunda categoría”, sin plenos derechos, los que protagonicen algunas de las revueltas y represiones más intensas a lo largo de la historia de Al-Ándalus. Por ello, otra de las medidas tomadas fue la de introducir en la corte cordobesa a los saqalibah, esclavos de origen europeo, con la intención de introducir un tercer grupo étnico y neutralizar así las continuas disputas entre los súbditos de origen árabe y los de origen bereber.

El emir comenzó por ocuparse de las próximas y ricas tierras que rodeaban Córdoba. Emprendió operaciones contra localidades insumisas, como la bereber Caracuel y contra Écija, a las que siguieron las coras o provincias de Jaén y Elvira, controladas por los muladíes, así como las Alpujarras de Granada.

Año tras año iba sometiendo diferentes plazas, Sevilla (913), Carmona (914), Niebla, Valencia y Murcia (917)… y Pechina (donde se había levantado una singular al-miraya o torre de vigilancia marítima, dando lugar al nombre Almería), en la que se había constituido una suerte de república mercantil independiente.

Asegurado el dominio en estas tierras, pudo entonces lanzarse contra el muladí Umar Ibn Hafsún que, desde 879, estaba en rebeldía y amenazaba con hacerse con el control de todo el territorio y derrocar a los Omeya desde su señorío al norte de Málaga. Abderramán emprendió sucesivas y victoriosas aceifas contra el rebelde, sus hijos y aliados en Andalucía, hasta que en enero de 928 logró tomar la prácticamente inexpugnable fortaleza de Bobastro, núcleo y centro neurálgico de la rebelión.

A lo largo de los primeros veinte años de su reinado, Abderramán III también emprendió victoriosas aceifas contra los señores de Extremadura, Levante y Toledo, para posteriormente, en 937, someter al señor de Zaragoza.

Durante estos años, el emir, conocedor de que para romper la coalición anti omeya formada por grupos árabes de Sevilla y Elvira, y por muladíes, bereberes y cristianos, debía mantener la paz en Al-Andalus, busco mostrar a los futuros potenciales rebeldes que, sometidos a la autoridad del emir, podrían obtener muchos beneficios. Emprendió campañas contra los reinos cristianos, asegurando botines de guerra y trasladando su ejército a través de las regiones más hostiles de su territorio, haciendo presente su poder e incorporando fuerzas de los señores y gobernadores, que con ello, atestiguaban su sumisión al poder de Córdoba. En función del momento y las circunstancias, optó por negociar, pactando y ofreciendo privilegios, por amenazar, engañar o luchar, e incluso mostrar la crueldad más extrema, lo que fuese necesario, para recuperar el poder de su dinastía y proseguir sin descanso su misión pacificadora.

Si bien hubo casos en los que encerró e incluso ajustició a los rebeldes, lo más habitual fue que se sometiesen por la presión militar y que recibiesen a cambio cargos y favores de Abderramán, que a menudo los incluía junto a sus hombres en el ejército cordobés. En algunos casos, generalmente de territorios fronterizos, a los rebeldes, se les permitió continuar ejerciendo el poder, pero ya como súbditos. Tras veinticinco años de campañas, consiguió someter a todos los rebeldes que habían amenazado el poder de los omeyas.

Con su territorio controlado, con buena parte de la península sometida tras las exitosas y rentables victorias sobre los cristianos, y tras los triunfos cosechados entre 924 y 927 en el Norte de África frente a los fatimíes, el emir se sintió fuerte para dar un paso más a fin de consolidar su posición y se autoproclamó Califa en 929, rompiendo así el último nexo con el califato abbasida de Bagdad y contrarrestando al califa fatimí con el que pugnaba en el Norte de África. Ya no sólo era el líder social, político y militar de su pueblo, sino también espiritual. Además, adoptó el sobrenombre de al-Nasir (“el conquistador”)

La proclamación, sin embargo, no impresionó a los poderes insumisos a Córdoba, sino que generó aún más recelo, por cuanto suponía la intensificación de la centralización del poder. Así que ese mismo año hubo de emprenderse una nueva ofensiva contra la Marca Inferior, contra Badajoz y Mérida. Por su parte, Toledo no caería hasta el 932, y la negativa de los tuyibíes de Zaragoza a participar en la Campaña de Osma contra los reinos cristianos del Norte (934), provoca la reacción del califa que toma la plaza en 937.

Ramiro II de León
Ramiro II de León

Asentado su poder en el norte de África, las constantes incursiones en los reinos cristianos, proporcionan al califa prestigio, botín y la sumisión de sus súbditos. Nada parecía poder detener a Abderramán, que denominó a la siguiente campaña, la del año 939, “campaña del gran poder”, que fue considerada trascendental. Habiendo sometido Zaragoza dos años antes, el califa había insistido en que le acompañasen los principales caudillos de la frontera en una expedición que estaba destinada a asestar el último golpe para dominar toda la península. Su primer objetivo era Simancas, donde se enfrentó a las fuerzas del rey Ramiro II de León. El resultado del enfrentamiento fue incierto, lo que desesperó a Abderramán, que estaba convencido de que su ejército era invencible.

Dolido en su orgullo y desconcertado por el resultado del envite, condujo sus fuerzas hacia el valle del Riaza, desde donde algunas poblaciones fronterizas atacaban los dominios andalusíes. Al llegar a Alhándega, una zona escarpada de difícil acceso, sufrió una emboscada que provoco el desastre, un ataque que a punto estuvo de costarle la vida. La derrota, conocida como la “del barranco”, resultó especialmente dura, a la huida de parte del ejército, que se despreocupo de sus compañeros e incluso del propio califa, se unió el alto coste en vidas humanas y la pérdida del pabellón y objetos personales del dirigente, demostrando su vulnerabilidad.

Las consecuencias de la derrota no se hicieron esperar, a las ejecuciones de altos mandos de regreso en Córdoba se sumó el cambio de ánimo del califa, cada vez más sombrío, y la decisión de no volver a salir jamás en campaña con su ejército. Las hostilidades contra los cristianos fueron dejadas en manos de los señores de las marcas y de las guarniciones omeyas allí́ destacadas, mientras que Abderramán se dedicaba a labores diplomáticas, lo que supuso la llegada de numerosas embajadas a la capital.

Desde un punto de vista político la derrota suponía una auténtica amenaza a su autoridad. Los líderes musulmanes estaban sometidos, entre otras cosas, por los botines de guerra sustanciosos de las múltiples victorias, pero cualquier muestra de debilidad podía cuestionar el régimen. Quizás por ello se produjeron las ejecuciones de los presuntos responsables de la derrota, y pasó Medinaceli a ser la plaza principal de la Marca Media en detrimento de Toledo. Una labor de zapa de posibles focos rebeldes.

Los cristianos, por su parte, iniciaron un audaz proceso de repoblación al sur del Duero, llegando a Sepúlveda y Salamanca, aunque pronto las abandonarían. Si bien las incursiones musulmanas posteriores arrojaron un balance positivo, la firme alianza navarro-leonesa, auguraba problemas en el Norte. Sólo la crisis surgida tras la muerte de Ramiro II en 951 frena una situación que podía haberse vuelto incontrolable.

Toda de Navarra
Toda de Navarra

Las pugnas por la corona vacante entre navarros, gallegos y castellanos, beneficia a los andalusíes que incluso son requeridos por la reina Toda de Navarra como aliados para instaurar a su candidato, Sancho I, en el trono. Las rivalidades dinásticas abrirán un período de preeminencia de Córdoba sobre los reinos cristianos que, sin embargo, no podrá ver Abd-el-Rahman III, que moría en 961.

En el Norte de África la situación no fue mejor, se produjeron ofensivas y contraofensivas, que fueron reduciendo paulatinamente el territorio de los Omeyas, que para el 961 se hallaban ya arrinconados en Tánger y Ceuta.

A su muerte, el cuerpo del regente fue trasladado al Alcazar de Córdoba, donde fue enterrado con todos los honores, al igual que emires y califas omeyas, para ser sucedido en el trono por su hijo Alhakeén II, que por entonces contaba 46 años.

Su principal logro fue la unificación y pacificación de los territorios andalusíes, que volvió a someter a la autoridad cordobesa. Detuvo además el avance cristiano, colocando al-Ándalus por encima de estos reinos y erigiéndose muchas veces en juez de sus disputas internas. En general, sus campañas fueron defensivas, puestas en marcha para castigar anteriores incursiones cristianas o para evitar nuevas, sin pretender extender sus dominios, sobre todo, debido a que durante la mayor parte de su mandato, tuvo que hacer frente a la pacificación de su propio territorio. Además, no se debe olvidar que Abderramán estaba emparentado de nacimiento con la casa real Navarra, y, a través de esta, con los reyes de León.

Alhakén II
Alhakén II

Reformó el sistema provincial, creando nuevas provincias o coras, con el fin de reducir el poder de sus gobernadores (reduciendo el territorio asignado) y de optimizar su aportación a las fuerzas armadas.

Además, renovó por completo la administración, logrando un mayor control mediante una mejor departamentalización, y estableciendo cargos que se renovaban continua y frecuentemente (salvo en las marcas), de forma que quedase clara la dependencia del favor del soberano y para que nadie tuviese tiempo de establecer una base de poder que sirviese para amenazar la autoridad cordobesa.

Supo delegar el ejercicio del poder, para lo que se rodeó de figuras leales y capaces, con lo que logró un mayor dominio, una gestión más eficiente y el incremento exponencial de los ingresos a las arcas del estado, con lo que pudo emprender nuevas mejoras y reformas que contribuyeron al esplender de Al-Ándalus.

El aumento de los ingresos le permitió acrecentar sus fuerzas armadas y, con ello, acometer con mayores visos de éxito el sometimiento del territorio a su autoridad, así como realizar aceifas tanto en territorio cristiano como en el norte de África. Los territorios recuperados, mediante sus contribuciones a las arcas del estado, y los botines de guerra, permitían acelerar el proceso reforzando su ejército y extendiendo su soberanía, que favorecía el comercio al restablecer el contacto entre regiones de nuevo englobadas efectivamente en sus dominios. Todo ello fomentó la prosperidad de Al-Ándalus.

No sólo reforzó y amplió su ejército, sino que también lo transformó. Abderramán fortaleció de manera muy importante el cuerpo de mercenarios de la infantería. Si al comienzo de su reinado y hasta la derrota de Simancas, había mantenido el sistema tribal de regimientos (yund), después se apoyaría claramente en las unidades de mercenarios, conocidos como «los silenciosos» por su desconocimiento del árabe y que ascendían a unos sesenta mil soldados. Mantuvo además el predominio de la caballería sobre la infantería, en proporción de 3 a 1, lo que con la ayuda de camellos y mulos para transportar el equipamiento de la infantería daba gran movilidad a su ejército. No obstante, el forraje necesario para las bestias, obligaba a realizar las campañas militares en verano.

Otro de los aspectos principales de la reforma militar, fue el crecimiento de las fuerzas navales. Se ordenó la construcción de más naves y de atarazanas, así como la mejora de los puertos. A esto se le unió el refuerzo de las defensas costeras mediante la construcción y renovación de fortalezas y atalayas. Este desarrollo permitió al califa intervenir en las luchas que se libraban en el Magreb y protegerse de las incursiones normandas, africanas o incluso de los estados cristianos del norte peninsular. Este desarrollo naval, con Almería como puerto principal, que contaba también con un arsenal, le permitió además controlar el extremo occidental del Mediterráneo, el triángulo formado por baleares, Argel y el estrecho de Gibraltar.

El califato se convirtió en una potencia marítima, lo que le valdría para conquistar las ciudades norteafricanas de Ceuta, Melilla y Tánger, y establecer una especie de protectorado sobre el norte y el centro del Magreb, apoyando a sus aliados en la región.

Socialmente, Abderramán busco la estabilidad. Los conflictos internos y las insurrecciones habían socavado la autoridad de los omeyas, y cada territorio, cada zona, estaba regentada por un caudillo.

El nuevo gobernante de Al-Ándalus era consciente de que para recuperar el control de su reino, no sólo debía ahogar las revueltas y recordar a los caudillos quien era el máximo soberano de aquellas tierras, sino también pacificar el reino internamente, un reino plagado de etnias y culturas, entre las que se producían demasiados agravios comparativos. Por todo ello, puso fin a las persecuciones de cristianos y judíos, además, si bien gran parte de los rebeldes eran muladíes, buscó congraciarse con ellos. Por tanto, no dudó en otorgarles cargos relevantes. De este modo, durante su reinado, el poder se repartió entre diferentes grupos sociales, y no quedó limitado a los árabes, logrando debilitar su supremacía, y haciendo que ya no se sintieran capaces de derrocar al regente. Se aproximó a otros grupos culturales, como muladíes, bereberes, judíos, cristianos y saqalibba, mejorando sus condiciones, reduciendo su descontento, y en definitiva, previniendo los levantamientos.

Durante el califato se produjeron importantes modificaciones en la agricultura (nuevos planteles, ampliación del cultivo por regadío…), que mejoraron las cosechas y redujeron las hambrunas, favoreciendo la mejora de la salud de la población y su aumento, lo que permitió que parte de esta pasase a otras actividades.

Florecieron industrias como la minería, la cerámica, la fabricación de vidrio, de libros, de tallas o la textil y el cuero, dedicadas en parte a la exportación. Abderramán III no solo hizo de Córdoba el centro neurálgico de un nuevo imperio musulmán en Occidente, sino que la convirtió en la principal ciudad Europea occidental, rivalizando con Bagdad y Constantinopla, en poder, prestigio, esplendor y cultura.

Se llevó a cabo un gran plan urbanístico mediante el cual se amplió la mezquita principal, se abrió una nueva puerta en la muralla, se pavimentaron caminos, se creó una nueva ceca, se reconstruyó el mercado y la casa de correos, además de realizarse multitud de obras públicas, siendo la más destacada el complejo palaciego de Medina Azahara. No solo sería la residencia del califa, sino también la sede de la Administración Pública.

Salón de Abderramán III (Medina Azahara)
Salón de Abderramán III (Medina Azahara) De Superchilum – Trabajo propio, CC BY-SA 3.0,

El califa omeya fue también un gran impulsor de la cultura, dotando la capital de cerca de sesenta bibliotecas, una universidad, una escuela de medicina, una de traductores del griego y del hebreo al árabe… llegando a ser así cuna de la ciencia, la medicina, la filosofía, poesía e infinidad de disciplinas, con lo que llegó a ser comparada con Bagdad, la ciudad más grande de la Edad Media, gobernada por la dinastía abasí.

Durante su mandato, eleva a Al-Ándalus a la categoría de gran potencia del Mediterráneo, ejerciendo de árbitro de todos los demás Estados de la Península Ibérica y reafirmando la presencia andalusí en el norte de África. Aparte configura relaciones sistemáticas con Bizancio y los Estados europeos. Con él, toda la Andalucía árabe, y en concreto su capital, alcanza un esplendor económico y cultural sin precedentes. La fundación de la ciudad palatina de Medina Azahara, a partir de 936, donde se traslada la corte y la administración de Al-Ándalus, constituye un testimonio de esta pujanza. La ciudad se proyectó para demostrar el enorme poder alcanzado y el esplendor de su califato. Todo aquel que lo visitaba debía seguir un riguroso protocolo cuyo culmen se alcanzaba en el salón rico, donde finalmente eran recibidos por el califa.

Abderramán murió en 961 tras haber conseguido logros impresionantes. Gobernadores omeyas regían en cada provincia y ciudad de importancia, los ingresos  fiscales estaban disparados, volvían a circular las monedas de oro, había abierto multitud de rutas comerciales, tanto en África como en Europa, su estrategia diplomática había dado excelentes resultados, de un modo u otro, todos los reinos cristianos del norte, se habían convertido en satélites del califato de Córdoba… y Al-Ándalus era un territorio prospero que maravillaba a viajeros y dirigentes extranjeros tanto por la extensión y fertilidad de sus campos de cultivo, como por la riqueza y expansión de sus ciudades. Sin embargo, no parece que Abderramán muriera satisfecho.

Tras su fallecimiento hubo quien dijo haber encontrado un escrito en el que el califa afirmaba que a lo largo de su vida habían sido únicamente catorce los días de felicidad de los que había disfrutado. No obstante, fue capaz de poner en pie la formación política más poderosa que había existido en la península Ibérica desde Roma.

Aun así, a la larga, sus esfuerzos y su trabajo no perduraron.

Como pasa habitualmente, cuando el gato falta, los ratones bailan, y así, el califato que fundó, quedó abolido en el 1031 y los omeyas prácticamente desaparecieron de Al-Ándalus.

Su labor de unificación territorial también quedó desbaratada por la fragmentación de la región en diversos reinos de Taifas, mientras los cristianos del norte avanzaban hacia el sur acaparando cada vez mayor territorio. E incluso, la introducción de fuerzas mercenarias en el ejército que inició y continuaron sus sucesores, tuvo una gran importancia en las luchas internas durante la posterior crisis del Estado.

Si Abderramán levantase la cabeza, viendo cómo se desvaneció su trabajo y su esfuerzo en apenas unas décadas, quizás hubiese adoptado otra serie de decisiones y disfrutado de más días de felicidad. Aunque siendo los vascos como somos, cualquier cosa es posible.

Lander Beristain

Lander Beristain

Lander Beristain, San Sebastián (Gipuzkoa) 1971. Siendo el menor de tres hermanos, se crió en el seno de una familia de clase media que además de aportarle su cariño, le inculcó el gusto por la educación y la cultura, así como unos valores personales marcados a fuego que aplica en todos los aspectos de su vida y proyectos en los que se implica.

Pasó su infancia en Deba (Gipuzkoa) y posteriormente se trasladó a vivir a San Sebastián.

Apasionado de la literatura y de la historia del imperio romano, así como de las novelas históricas que leía en diversos idiomas, tuvo que relegarlos a un segundo plano para acometer sus estudios de Ingeniería industrial en la Universidad de Navarra y desarrollar una carrera profesional estable.

Con infinidad de ideas en su cabeza comenzó a escribir “El Consejero de Roma” en 2017, tardando 2 años en confeccionar el primer borrador. Posteriormente fue puliendo diversos detalles y aspectos, antes de presentarlo a “Las nueve musas ediciones” para su edición, de forma que quedase listo para ver la luz. Un momento tan esperado como ilusionante.

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